Todos conocemos el poderoso efecto que ejerce la música en el alma, favoreciendo el recogimiento y elevando los sentimientos, cuando es santa y va dirigida a Dios.
El libro de los Salmos, en nuestras Biblias, era el Himnario de los hebreos, una compilación de cánticos arreglados para ser acompañados por instrumentos musicales; y utilizados para manifestar la actitud del alma, elevar el corazón y motivar a los hijos de Dios.
El poder de la música actualiza y revive las escenas de la historia, nuestras circunstancias personales actuales, y los vislumbres proféticos, tanto de las Escrituras como de las revelaciones de nuestros días, recibidas de los profetas.
Consecuentemente, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (Iglesia Mormona), ha dado un sostenido impulso al arte musical, y a la creación y difusión de obras musicales ampliamente utilizadas para cantar, adorar y orar. Para sus reuniones de culto, para la vida familiar e individual de los santos, y como valioso complemento de sus diversas producciones en video, entre muchas otras aplicaciones.
La formación de profesionales en el arte de la música y el canto, es por ende una premisa fundamental de los mormones, rendida íntegramente como una ofrenda del corazón que se eleva a nuestro Padre Celestial.
Por eso, no es casual ni debe sorprendernos, que uno de los Coros mas grandes y mas famosos del mundo sea precisamente el Coro del Tabernáculo Mormón (The Mormon Tabernacle Choir), integrado por alrededor de 360 voces que se desempeñan de manera voluntaria, haciendo de la música y el canto un santo servicio a Dios y a la humanidad.
La música, como imperecedero mensaje de los tiempos, nos revela como un eco que la angustia, la aflicción o la dicha del salmista, puede ser también la misma que experimenta el hombre de hoy en su vida cotidiana; como igualmente cierta es la Presencia de Dios como nuestro Padre amoroso y fiel, que escucha y responde la oración de sus hijos mientras atraviesan su período de probación en la tierra.
De este modo, la música provee alas al alma, y la eleva en un vuelo infinito hasta el trono de la gracia.
Jesucristo alimentó su vida con los Salmos, ampliamente utilizados en su época, y los citó con mucha frecuencia.
En la Última Cena cantó los Salmos 113-118 conocidos como el Hallel.
En el momento de entregar su espíritu para redimír al mundo, lo hizo utilizando también un Salmo.
Fué recibido como Sumo Sacerdote según el órden de Melquisedec con el Salmo 110.
Demos entonces a los Himnos y cánticos espirituales el valor que merecen, y recurramos a ellos con mas frecuencia. Cuando tomemos en nuestras manos el libro de Himnos de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, hagámoslo con profunda reverencia y recogimiento sabiendo, como nos han enseñado, que “la canción de los justos es una oración para nuestro Padre Celestial, y será contestada con una bendición sobre nuestra cabeza”.
“Hablando entre vosotros con salmos, y con himnos, y con cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones” Efesios 5:19
“La palabra de Cristo habite en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos los unos a los otros en toda sabiduría con salmos e himnos y cánticos espirituales, cantando con gratitud en vuestros corazones al Señor” Colosenses 3:16.