La oración
La oración es la comunicación íntima con nuestro Padre Celestial, hecha en el nombre de Jesucristo. Con palabras, pensamientos o con cánticos; de manera audible o con nuestros pensamientos, alabamos, agradecemos y pedimos bendiciones a Dios.
Tan importante y verdaderamente vital es para nosotros la oración, que es la única actividad que se nos ha pedido que hagamos de continuo. Ninguna otra actividad, por buena o loable que sea, se nos exige que hagamos constantemente, salvo orar: “Orad sin cesar” 1 Tes. 5:17; “Orando en todo tiempo con toda oración y súplica por todos los santos” Efesios 6:18.
Nunca podremos orar, o no lo haremos como conviene, si esperamos tener tiempo para orar. Debemos hacernos tiempo para hacerlo.
Al elevar a nuestro Padre Celestial nuestras oraciones, lo hacemos involucrando en ese acto todo nuestro ser. Cuerpo y alma se unifican en una actitud interior y exterior de reverencia, porque Dios busca adoradores en espíritu y en verdad.
No es la abundancia de palabras lo que da valor a nuestras oraciones, sino el fervor de corazón que depositamos en ellas.
La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (Iglesia Mormona) testifica al mundo la importancia de la oración, ya que la misma Restauración del Evangelio sobre la tierra fue en respuesta a la ferviente oración del profeta José Smith, y asimismo exhorta a todo pueblo y nación a orar con fe a nuestro Padre Celestial para que el Santo Espíritu confirme en los corazones la veracidad de su mensaje.
El Libro de Mormón, una escritura sagrada como la Biblia, nos refiere las palabras del profeta Zenós, que expresan de una manera muy clara el valor de la oración (Alma 33:4-11).
Nuestro Maestro de oración por excelencia es Jesucristo. Y a lo largo de su vida y ministerio en la tierra vemos su constante comunicación con el Padre, por medio de la oración.
Las escrituras nos muestran a Jesús orando en las sinagogas, lo citan en continuas expresiones de alabanza y bendición (Mateo 11:25-26), y así en cada momento de su vida, incluida la hora más difícil durante la agonía en Getsemaní (Marcos 14:36).
Similar consejo dejó para nosotros en El Libro de Mormón: “Por tanto siempre debéis orar al Padre en mi nombre” 3 Nefi 18:19.
La petición de todo verdadero discípulo de Jesucristo, debe ser: “Señor, enséñame a orar”, porque una de las primeras cosas que reconocemos es que “no sabemos lo que hemos de pedir como es debido” Romanos 8:26; y también aprendemos que “el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil” Mateo 26:41. Por eso se nos prometió y se nos garantiza la asistencia del Santo Espíritu en nuestra oración.
El Libro de Mormón nos advierte: “Pues he aquí, Dios ha dicho que un hombre, siendo malo, no puede hacer lo que es bueno; porque si presenta una ofrenda, o si ora a Dios, a menos que lo haga con verdadera intención, de nada le aprovecha”. Moroni 7:6
Por eso es tan común que cuando elevamos nuestras oraciones de alabanza y agradecimiento, generalmente no quedamos pendientes de la confirmación de que fue oída. Pero cuando nuestra oración es de petición, entonces sí quedamos muy inquietos y ansiosos por ver los resultados. Debemos estar prevenidos para no tomar a Dios como un medio para conseguir nuestros propósitos, sino como lo que verdaderamente es: nuestro Padre Celestial, el Padre amoroso y misericordioso que espera nuestra oración porque ama a sus hijos con amor infinito, pero al mismo tiempo sabe lo que necesitamos y conviene a nuestro progreso y santificación, antes de que se lo pidamos (Mateo 6:8).