La restauración del Evangelio
Por siglos de apostasía, la humanidad permaneció carente de la autoridad del sacerdocio, sin apóstoles, profetas, élderes, obispos, presbíteros ni maestros (diáconos). Las iglesias no tenían poder celestial y carecían de revelaciones. Como así también de manifestaciones (teofanías) de Jesucristo.
Dios permitió que el hombre pusiera en práctica el libre albedrío, por lo cual en esa etapa algunos fueron glorificados como mártires, y otros llegaron al colmo de la iniquidad. Dejando entrever un plan divino que por insondables caminos de sabiduría procuraba el bien último del género humano.
Jesucristo, Pedro y Pablo habían profetizado que la iglesia se desviaría, dando lugar a la tenebrosa época de apostasía.
Llegado el momento, nuestro Padre Celestial y su Hijo Jesucristo, derramaron nuevamente la luz sobre la tierra y decidieron la restauración del sacerdocio, la plenitud del evangelio y el establecimiento de la verdadera Iglesia.
“Vi a otro ángel volar por en medio del cielo, que tenía el evangelio eterno para predicarlo a los que moran en la tierra, y a toda nación, y tribu, y lengua y pueblo, diciendo a gran voz: Temed a Dios, y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado; y adorad a aquel que ha hecho el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas”. Apocalipsis 14:6-7
Llegado el día en que esta profecía del Apocalipsis debía cumplirse, un ángel dio instrucciones y autoridad a José Smith, para que la Restauración pudiera llevarse adelante.
En la noche del 21 de setiembre de 1823, y mientras José Smith se encontraba orando fervientemente y pidiendo sabiduría para poder discernir cuál de todas las iglesias, era la verdadera, en medio de la confusión imperante, un personaje celestial se apareció en su cuarto, llenándolo de luz. El profeta refiere en sus propias palabras esta aparición:
“Me llamó por mi nombre, y me dijo que era un mensajero enviado de la presencia de Dios, y que se llamaba Moroni; que Dios tenía una obra para mí y que entre todas las naciones, tribus, y lenguas se tomaría mi nombre para bien y para mal, o sea, que se iba a hablar bien o mal de mí entre todo el pueblo.
El mensajero celestial se apareció tres veces esa noche en la habitación de José Smith, reiterándole las mismas cosas y diciéndole que el único propósito que debería abrigar sería la glorificación de Dios, o no podría obtener las planchas cuya traducción se le había encomendado y donde la plenitud del evangelio estaba revelada.
Finalmente, por el “don y el poder de Dios”, José Smith obtuvo y consiguió traducir estas planchas que hoy se conocen en el mundo como El Libro de Mormón, otro Testamento de Jesucristo; acompañado del testimonio de tres testigos primeramente, y otros ocho que se sumaron después, que hacen constar a las naciones la veracidad de estas cosas, para la gloria de Dios.
La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (Iglesia Mormona) posee las llaves del Sacerdocio Aarónico, restaurado por Juan el Bautista, y del Sacerdocio de Melquisedec, restaurado por Pedro, Santiago y Juan, y es la depositaria de la plenitud del Evangelio Restaurado en nuestros días, la única y verdadera Iglesia de Jesucristo en la tierra, hasta que Jesucristo regrese en gloria, poder y majestad.
